domingo, 19 de mayo de 2013

¡Oh, la libertad! Ese asunto...



¡Oh, la libertad! Ese asunto tan sobrevalorado He notado que vivimos en un mundo donde muchas personas sufren su día a día por no sentirse independientes y libres ¿A qué se debe este sufrimiento? Bueno, no sé si este problema es exclusivo de nuestra época o si ha estado presente en cualquier lugar en dónde haya humanidad, y me he equivocado tantas veces que no me sorprendería volver a estarlo, pero creo que su causa es el valor desmesurado que nuestra sociedad concede a ese ideal imposible. A la libertad como una voluntad sin frontera alguna, como un horizonte ilimitado de posibilidades. Bien, esta es una libertad que simplemente no puede existir.

            Recordemos las largas duraciones. Aquellos tiempos de la geografía, de la naturaleza humana y de las civilizaciones. Estos lentos gigantes parecen moverse con un paso seguro e inamovible. Verlos caminar con tanta firmeza transmite la sensación de que el mundo humano es gobernado por la necesidad, por la coerción. Por ejemplo, todas las ciudades nacen en un contexto histórico específico, y no hay ninguna que pueda sobrevivirlo si no se adapta a las nuevas circunstancias. Pero esta adaptación, además de ser necesaria, es condicionada; porque las opciones para adaptarse con éxito no son infinitas. A causas similares corresponden efectos similares, y un orden social no presenta posibilidades estructurales ilimitadas.

           En este mundo, tu libertad, la mía, la libertad del individuo -ese diminuto ente atrapado en el lento andar de las colosas estructuras y los firmes procesos de larga duración- es de la misma cualidad que la de las ciudades. Así, la persona más libre, y sé que esto es paradójico, es aquella que entiende mejor los límites que la estructura impone sobre ella y actúa conforme a estos. Una persona no puede construir nada sin fundamentar sus acciones, consciente o inconscientemente, en el ir y venir de la geografía, de las civilizaciones, de la sociedad, de la economía, de la política y de los otros individuos.

          Los que no entienden cuáles son los límites que se postran sobre su persona están condenados al fracaso, porque al final siempre triunfa la larga duración. Ni siquiera los reyes aguantan el gigantesco peso de las circunstancias; por eso Carlos V se condenó cuando desperdició sus fuerzas físicas y su capital político en la pugna por lograr que Felipe, su hijo, heredara el trono del Sacro Imperio Romano Germánico de Occidente. Resulta imposible ver cómo pudo haber ganado

Circunstancias: 1 - Magnánimos Soberanos: 0
           
           Caso contrario sucedió con Felipe II, el Rey Prudente, quien, conociendo cuales eran los límites de su mismo poder, ante la inseguridad de los caminos europeos, ordenó, en pleno entendimiento de las circunstancias, que toda su correspondencia fuera transportada por las vías terrestres más seguras, sin importar que fuesen las más lentas. Lo ideal hubiese sido maximizar velocidad y seguridad, pero Felipe entendió que esto no era posible, y se vio forzado a optar por una. 
    
           Estos límites no sólo se imponen sobre los individuos, sean campesinos o reyes de la mitad del globo. Incluso los mayores imperios, esos enormes aparatos estatales, sufren su yugo. Ningún estado es omnipotente. Siempre están compuestos de personas y, no importa que tan lejos o cerca aspiren a llegar, si no cuentan con un número suficiente de ellas que estén capacitadas, no podrán realizar sus proyectos; por más que sean posibles para la época. Por eso Venecia no podía, en el siglo XVI, tener una armada del calibre de La Armada Invencible. Aunque contara con los recursos, carecía del material humano. 

            Además, los estados necesitan ganarse el apoyo de las personas de alguna manera. Si no se convence a la población de que es mejor obedecerlas, las leyes siempre pueden ser rotas. Por eso las constantes luchas de los gobiernos contra el hurto, el comercio ilegal, las conspiraciones, etc. Y como si no fuera ya suficiente tener que lidiar con su propia gente, y con las civilizaciones a las que estas pertenecen, los estados están obligados a existir en el mundo con otros estados.

            Pero hagamos a un lado a los individuos y a los estados, y regresemos a las estructuras y a la larga duración. Fuera de las obvias limitantes físicas y biológicas, pareciera que ninguna fuerza es capaz de interponerse en su lento y firme paso. Claro, excepto las que ellas misma se imponen.

         Para usar la metáfora de Sartre, el hombre crea sus propias cadenas, pero no puede elegir no tenerlas. Idea que resumió en su famosa frase: “Está condenado a ser libre”. En efecto, parece ser que la humanidad tropieza sin cesar con sus múltiples pies. Y que no puede caminar de otro modo.  Toda solución (Y habría que preguntar qué se entiende por solución) trae nuevos problemas, aviva viejos rencores y crea nuevos intereses. El capitalismo abolió la servidumbre y la esclavitud, pero genero nuevas condiciones de explotación; no sé si para bien o para mal. Así, también, el comunismo soviético eliminó el imperio del capital, pero trajo consigo el socavamiento del individuo (recuerdo que una compañera de Rumania me contó que los viejos de aquel país nunca usan la palabra “yo”. Ni para decir “yo opino”). Tal vez, al final, todo sea cuestión de elegir entre males distintos, de acuerdo con el lado hacia dónde se incline nuestro corazón.

           No olvidemos que vivimos en un mundo gobernado por leyes naturales y que somos, antes que nada, seres biológicos. Animales que se creen racionales, que constantemente nos negamos a aceptar que no somos del todo dueños de nuestros sentimientos. Es un mundo, además, que compartimos con otras más de siete mil millones de personas que tienen, en potencia, tanta libertad como nosotros. Es evidente que uno no puede ser muy libre en un mundo así. 
    
             ¿Quiero decir con esto que no somos libres? ¡Claro qué no! Por supuesto, es un asunto muy complicado. Constantemente estamos tomando decisiones, y elegir entre dos o más opciones es reflejo de nuestra libertad en algún sentido ¿No? De lo que no somos dueños es de elegir las consecuencias de esas decisiones. Soy libre de subir esta entrada a internet, pero no soy libre de decidir lo que la gente que lo encuentre hará con ella. Ser libre no se trata poder hacer lo que uno quiere, sino saber aprovechar lo que uno tiene. Sonreír con lo que se posee. Saber lo que uno puede hacer, conocer lo mejor posible las consecuencias de cada acto, decidir dentro de las posibilidades y asumir las responsabilidades. 

          Nacemos en un contexto social que ofrece posibilidades limitadas; en un mundo que debemos compartir con otras personas que piensan, sienten y se preocupan por cosas distintas que nosotros; en un universo donde las rocas son como son y no como deseamos que sean. Lo que nos queda es aprender cuales son nuestros límites, a comprender que las demás personas son -en potencia- libres en la misma medida que nosotros, a elegir actuar de forma congruente con nuestras posibilidades, a asumir las responsabilidades, a amar a aquellos con los que compartimos la vida, a disfrutar lo que nos ha tocado vivir y a sorprendernos con las maravillas del universo y los misterios de la existencia. 

viernes, 5 de abril de 2013

Sobre el tiempo, o aquello que se queda y aquello que se va.


El tiempo es una cosa de lo más rara ¡Ni siquiera me siento cómodo diciendo que es una cosa! Algunos dicen que existe y otros que no lo hace; y yo no soy nadie para hablar sobre la existencia o no de las cosas. Pero aun a pesar de eso, en esta entrada quiero platicarles, de manera somera, sobre las ideas de Braudel acerca del tiempo histórico. Un tiempo que resulta fantástico en cuanto es múltiple y a la vez unidad, rápido y a la vez lento. En fin, quiero compartir con ustedes su manera de entender el tiempo porque me recuerda mucho al tiempo al que estoy acostumbrado.   

Como ya dije,  para Braudel el tiempo histórico es a la vez uno, pero producto de la confluencia de varias temporalidades en un periodo determinado. Estos tiempos se solapan unos a otros, conviven y se afectan mutuamente en los distintos procesos históricos. La idea básica es que en todo proceso existen fenómenos de conjuntura y permanencia, de cambio y de estática, que al interactuar dictan las normas de su propio desarrollo futuro. En su forma más básica, las velocidades del tiempo se pueden dividir en tres:

             La Larga Duración es el tiempo cuya transformación es materia de milenios, o, en el mejor de los casos, de unos cuantos siglos. Su cambio es tan lento que, debido a lo corta que es la vida humana, puede llegar a parecernos inexistente. Sin embargo, a pesar de esta lentitud extrema, el cambio está presente. Es el tiempo de la vida humana en vínculo estrecho con la geografía y el ambiente; el tiempo, también, de las tradiciones culturales más arraigadas y de las estructuras sociales; en fin, de lo muy lento, de lo que parece siempre permanecer.

            Por otro lado, se halla el tiempo événemientiellé -mejor conocido por su pseudónimo malvado: el tiempo de los eventos- en él se desarrollan los acontecimientos de la historia del día a día, aquella a la que nos hemos acostumbrado desde pequeños. Es la que estudiamos en la primaria, la secundaria y la preparatoria; sobre la que se hacen documentales, películas, novelas y la mayoría de los libros de historia, tanto científicos como de divulgación. En este tiempo entrenamos a nuestros pokemones, comemos pizza, jugamos fútbol, leemos libros y hacemos todas esas cosas que comúnmente entendemos bajo el concepto abstracto, y en muchos sentidos desconocido, de “vivir”. 

            El evento es el componente efímero de la historia. Lo que se pierde, lo que desaparece como súper villano al lanzar una bomba de humo al suelo. Es el aspecto de la historia humana más cercano a nuestra vida, probablemente por ser el más fugaz. Por estas razones la historia de los eventos “es la más emocionante de todas, la más rica en intereses humanos, y también la más peligrosa”. La más peligrosa, en efecto, porque sus pasiones aun arden, y lo hacen cerca del pastizal de la vida.

            Finalmente, aplastada entre la larga duración y los eventos, encontramos a la Media Duración como el gradiente de difusión entre ambas. Es la temporalidad que combina lo permanente y lo efímero de la historia. Es el engrudo pegajoso y desagradable que permite, de alguna forma que yo no logro comprender aun, que tanto lo inmutable como lo eternamente cambiante puedan coexistir al mismo tiempo y en un mismo fenómeno ¡y aun logrando qué todo parezca tener sentido! Es un tiempo increíble.

            Podemos entender mejor estos tiempos si pensamos en las distintas secuelas de 007 - ¡Oh! las hermosas distintas secuelas de 007 - en cierta manera siempre son diferentes unas de otras, siempre hay distintos villanos, explosiones, coches, pistolas, súper relojes de pulsera que lanzan rayos laser; pero al mismo tiempo, siempre hay las mismas explosiones, coches, pistolas, súper relojes de pulsera que lanzan rayos laser, villanos y, por supuesto, el señor Bond.

No obstante, como en toda teoría y en toda explicación de la verdad, debemos recordar que nuestros modelos, en el mejor de los casos, corresponden en algún sentido a la realidad; lo cual es distinto a decir que son la realidad.  En el fondo, esta triple división del tiempo histórico es artificial ¡Una invención! El tiempo y la historia son una sola cosa, toda división es ya una simplificación.  ¡Y a la vez, reducir la complejidad de tiempos y ritmos históricos a solo 3 o 4 es también una simplificación! Como nos advierte Braudel, “lo peor de todo es que no existen solamente dos o tres medidas de tiempo, son docenas, cada una atada a una historia particular”. ¡Vaya! Hemos topado aquí con unos de esos caminos ecuatoriales que llevan al mismo destino pese a estirarse en direcciones opuestas. 

Tal vez lo mejor que podemos aprender de esta manera de ver el tiempo no es que este es bonito y que se divide en tres o más velocidades que conviven; o que en todo paso de un momento a otro hay cosas que permanecen y otras que cambian -los cuales por sí mismos ya son buenos aprendizajes-. Pudiera ser que la mejor lección que podemos sacar es   que vale la pena reflexionar sobre el valor de esta teoría, y de toda teoría, y alimentar la sospecha de que siempre hay que desconfiar de la excesiva simplicidad de nuestras explicaciones, por muy útiles que estas sean para comprender una realidad tan compleja que no podemos aspirar a rasguñar de ninguna otra forma.

Recomiendo para leer:
-Braudel, Fernand, El mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II.
-Braudel, Fernand, Las ambiciones de la historia.

martes, 19 de febrero de 2013

La angustia de morir, tres filósofos, dos canciones y un sujeto gracioso.


Existir es… raro. Es decir, ¿cómo podríamos no existir? nuestra vida es lo que se extiende entre nuestro nacimiento y nuestra muerte. Está en gran medida determinada por lo que nos antecedió [las experiencias de nuestros padres, la historia, nuestro pasado biológico, el pasado del universo y por supuesto, si nacieron después de 1883, la primera trilogía de Star Wars]; y sin embargo nuestra existencia  tiene una mínima o ninguna influencia sobre lo que vendrá cuando se haya acabado. Desaparecemos sin dejar huella alguna. Sobre el tema, System of a Down dice en una de sus canciones: “Time feels like a midnight ride, finality waits outside”. ¡No podría expresar mejor este sabor amargo y a la vez dulcezón que deja la vida en la boca! Como el de una mota de polvo aplastada entre dos eternidades.

      Muchos intentamos negar el hecho de que somos efímeros perdiéndonos en sueños de inmortalidad. Pero siempre que pienso en la inmortalidad acaba pareciéndome una idea, digamos, muy poco pragmática. Es claro que no soy el mismo ahora que aquel niño de 10 años que jugaba a ser un gato miembro del comando espacial con sus amigos de la primaria; y definitivamente no seré el mismo cuando tenga 80 años [si es que no dejo de existir antes]. Entonces ¿Qué podría tener yo en común con “migo mismo” dentro de mil años? ¿Y dentro de cien mil? ¿Y dentro de mil millones? Para colmo ¡mil millones de años ni siquiera es mucho tiempo! Es decir, hasta donde sabemos, el universo tiene 13. Si vivo durante un tiempo infinito ¿Seré yo realmente el que los viva? Además ¿Qué lugar ocupa la memoria en todo esto?

      Es evidente que si vivo una infinidad de tiempo necesitaré de una infinidad de tiempo para recordar todo lo que he hecho. Así que casi todo lo olvidaré o simplemente no tendré tiempo de recordarlo ¿Y cuál es la diferencia entre no recordar y olvidar? La desconozco. Cabe agregar que la memoria, entre muchas otras cosas, es aquello que brinda cohesión a nuestras experiencias pasadas y presentes. Sin una memoria que cohesione nuestros pasados y presentes interminables ¿Qué conectará a personas tan distintas que vivieron en tiempos tan apartados [como seremos yo y aquel otro yo del futuro eterno]? ¡No lo se! Por esas razones, dudo mucho que tenga sentido depositar nuestras esperanzas de no morir en los anhelos de una vida eterna.

      Algunos se consuelan diciendo que sobrevivirán “en los corazones de sus seres queridos” o que “serán recordados por la historia”. Pero si reflexionamos un rato, estos consuelos solo son formas de autoengaño: después de unas cuatro o cinco generaciones, tendremos suerte si nuestros descendientes son capaces de correlacionar nuestro nombre con la rama 256 del árbol familiar; con respecto al otro punto, haciendo a un lado lo complicado que es definir a la historia y lo que ésta recuerda, es evidente que hasta las más prominentes personas serán olvidadas algún día ¿Quién hablará de Platón dentro de un millón de años? ¿Quién recordará a Einstein en cien mil millones? Una historia humana de un millón de años es demasiado como para que mi cabeza pueda siquiera imaginarla. Además, en última instancia, también la humanidad dejará de existir algún día.

      En efecto, llegará un día en el nunca más volverá a haber una pareja de humanos enamorados, nunca más una guerra entre personas, ni más actos de caridad humanos; un día en el que dejarán de haber jóvenes curiosas y ancianos sabios, políticos corruptos y muchedumbres enardecidas. Llegará el día en que caiga el último monumento humano, en el que no quede en todo el universo prueba que rinda cuenta de que alguna vez existió aquí una humanidad.

      La idea de que dejaremos de existir algún día (y de que este es cercano) nos angustia. Tratamos de negarla, pero no logramos ignorarla. Ya muchos filósofos se han dado cuenta de lo infructuoso que es luchar contra la realidad, contra el hecho de que moriremos. Cómo buenos sabios, o locos (frecuentemente unos se confunden con los otros), han descubierto que suele ser mejor aceptar que se vive en un laberinto y empezar a hacer planos de éste, que intentar derribar sus robustas paredes. Por eso Kierkegaard grito a los cuatro vientos que “la angustia es la solución”, y algunos otros como Heidegger y Sartre señalaron que solo podemos vivir plenamente si aceptamos que, eventualmente, moriremos. Y es que hay muchas, muchísimas cosas en la vida [casi todas, de hecho] que no dependen en lo absoluto de nuestros anhelos y gustos, el que moriremos algún día es un muy claro ejemplo. Solo para aclarar, ninguno de los tres filósofos mencionados se equivocó al predecir que terminaría siendo alimento de gusanos.  


      Yo suelo decir que la única manera de aceptarse a uno mismo es repetirse (y creerse) las palabras “moriré y me olvidarán” [cabría preguntarse qué significa "ser olvidado" cuando no queda nadie que pueda recordarnos… ¡Oh bueno! No nos distraigamos]. Alguien en Sum41 entendió perfectamente esta idea cuando escribió "No much longer I'll be death so just foget me!" ¡Solo alguien que ha aceptado su propia efimeridad puede hacer una súplica de tal gravedad!


      ¿Dónde cabe la vida en medio de tanta muerte? ¡Oh, rayos! ¿Por qué insistimos en hacer preguntas tan complicadas? Evidentemente sin el concepto de vida el de muerte no tiene mucho sentido y viceversa, pero ¿Qué es la vida exactamente? ¿En qué momento "lo muerto" deja de ser "lo muerto" y entra al reino de "lo vivo"? ¿Un virus está vivo o muerto [tal vez lo correcto sería preguntar si está más vivo o más muerto]? ¡Quién sabe! Desconozco las respuestas; y, como en muchos otros casos, desconfió de aquellos que aclaman tenerlas. 

      Lo que sí puedo decirles con aceptable seguridad es que disfruto estar vivo (y supongo que comparto el mismo sentimiento con la mayoría de las personas). Fry (el protagonista de Futurama) dijo alguna vez “vivir es lo único que hago". ¡Yo también! Y como vivir es morir en cada momento; entonces: “¡Morir es lo único que hago!”

lunes, 10 de diciembre de 2012

Sobre la espiritualidad en el materialismo y los simpáticos amigos plutonianos


Imaginemos que en Plutón habita una civilización de hormigas extraterrestres que ha logrado desarrollar  una técnica artística sorprendente. A ellas nunca les llamaron la atención la tecnología ni la ciencia, durante toda su historia solo se han dedicado al arte. Escriben poemas tan armoniosos que las obras de Pablo Neruda, José Espronceda y Sor Juana nos parecerían producto de fetos aún no paridos si las comparáramos. Sus pinturas son tan bellas que, de ser puestas a lado de las mejores de Rembrandt  y Giotto, estás últimas  parecerían más bien basura. Y su música, ¡Ni que hablar! Si la escuchásemos seguro mandaríamos quemar todas las partituras de Tchaikovsky, Bach y Mozzart; inservible escoria. 

            ¡Vaya que sería hermoso que esta civilización existiera! Si la encontráramos ¡Cuántas cosas tan bellas veríamos y oiríamos!, ¡Cuántas hermosas emociones nuevas experimentaríamos! Sin embargo, debido al relativo diminuto tamaño de nuestros simpáticos seres artistas y a que nunca desarrollarán tecnología suficiente como para crear radiotelescopios o cosas semejantes, la única manera de que podamos corroborar su existencia es yendo a Plutón y aparcando nuestra nave espacial junto a uno de sus hormigueros (obras maestras de la arquitectura galáctica, por cierto).

            Bien, entonces actualmente no tenemos medios para probar que esta civilización realmente exista (¡y a mi me encantaría que así fuese!), como tampoco tenemos medios para probar que no exista. ¿Vale la pena discutir sobre su existencia, puramente teórica? ¿Vale la pena dejar de producir arte, pues, de existir esta civilización, solo estaríamos desperdiciando nuestro tiempo? ¿Dejamos algo tan importante, como es el arte, en manos de una civilización que igual puede existir que no hacerlo? ¿Vale la pena invertir nuestros esfuerzos económicos, tecnológicos y sociales en llegar a Plutón para corroborar esta hipotética existencia? Plutón es una gran piedra, contra la cual no tengo ninguna mala opinión, y probablemente aprenderíamos cosas interesantes si la visitásemos aun a pesar de que sus hipotéticos habitantes resultaran no existir. Sin embargo, podríamos invertir ese dinero y esfuerzo en cosas más urgentes: como en proteger al medio ambiente, mejorar la educación, hacer más y mejores investigaciones, o incluso ir a otros planetas como Marte o Júpiter; que son mucho más llamativos que Plutón y en los cuales también podrían habitar civilizaciones muy exóticas  -para nosotros, claro- e interesantes.

            Yo no le doy muchas vueltas al asunto, hago mi vida de tal forma que no dependa de la existencia de los Plutonianos. Para mí, los Plutonianos bien pueden existir o no hacerlo. Si existen ¡Qué bien! Y si no, no me afecta. Cuando actuo en mi vida doy por supuesto que los Plutonianos no existen. Tal vez en algún lejano futuro prenda la tele y me entere, en las noticias, que los astronautas humanos llegaron a Plutón y se satisficieron con las hermosas obras de arte que allí vieron; pero mientras ese día no llegue, actuaré, viviré y pensaré como lo haría si los Plutonianos no existieran. Mi pensamiento acerca de la existencia de Dios es el mismo.

Dios puede existir o no existir. Si existe ¡Qué genial! Y si no, no me afecta. Al igual que con los Plutonianos; cuando actuó, vivo y pienso, doy por supuesto que Dios no existe; ningún dios. Y así, doy por supuesto que dios no existe cuando decido como actuar; doy por supuesto que dios no existe cuando decido como pensar; doy por supuesto que dios no existe cuando  vivo mis sentimientos; doy por supuesto que dios no existe, en fin, cuando hago mi vida. Entonces, aunque no pueda afirmar con absoluta certeza que ningún dios existe, ¿Cuál es la diferencia entre dar por supuesto que dios no existe al actuar, pensar, sentir y vivir, y no creer en dios? Ninguna práctica. Por eso soy una persona atea.

            Sin embargo, el que sea una persona atea no quiere decir que no experimente cierto tipo de espiritualidad. No me mal entiendan; tampoco creo en el alma, ni en las energías paranormales, ni en ninguna de esas especulaciones metafísicas. Para mí, la espiritualidad es algo de suma importancia -semejante al arte-, que no puede ser dejada en manos de un “tal vez, quien sabe”. La experimento cada vez que observo al universo y trato de imaginar lo enormemente vasto que es, es de una exorbitante envergadura tal que mi imaginación no se da abasto en la tarea; cada vez que trato de entender a las personas y nuestras sociedades; cada vez que pienso en los pequeños átomos y sus partículas viajando en el vacío...

En esos momentos, mientras lucho por intentar comprender la totalidad de las cosas, hay un instante en el que entiendo que yo soy parte de ella. Soy parte del universo.             Asomémonos por nuestras ventanas y miremos una estrella (sí es de día, eviten mirar el Sol); piensa en su enorme tamaño; sábete minúsculo en comparación con ella; piensa en toda la cantidad de átomos de hidrógeno que deben de estar chocando caóticamente en su interior; piensa en los millones de kilómetros que han  recorrido sus fotones de luz, para que en un minúsculo fragmento de instante entren en tu retina y exciten tus bastones y conos; piensa en todo el tiempo que les tomó recorrer esa distancia; piensa también en que los átomos de hidrógeno que fusiona son iguales a los que circulan en los glóbulos rojos de tu sangre, a los que componen las células de tu piel, iguales a los que forman parte de las neuronas de tu cerebro; células cerebrales que en estos momentos se comunican en patrones igual de caóticos a los de los átomos de hidrógeno chocando en el interior de la estrella; y de cuyos caóticos patrones de comunicación, nace tu pensamiento, tu identidad. Naces tú.

Piensa en las semejanzas que tienes con esa estrella, ambos están hechos de materia, ambos están sujetos a las mismas leyes naturales, ambos nacieron y ambos morirán, ambos son descomunalmente pequeños cuando se les compara con el universo... Después de todo, esa fría y distante estrella y tú resultaron tener muchas cosas en común. Cuando uno se da cuenta de que forma parte de todo, de que hay un continuo entre uno mismo, lo infinitamente pequeño y lo exorbitantemente grande; esa es para mí la experiencia espiritual.

            ¿Creo en algún ser superior? Creo en mi familia, creo en la sociedad que me rodea, creo en la humanidad, creo en los átomos y las galaxias, creo en la conciencia, creo en la vida, creo en la historia, creo en el futuro, creo en el tiempo, creo en que lo ignoro casi todo –sino es que todo-, creo en el universo.

            Para muchos estas creencias podrán sonar como cosas materiales [de hecho, lo son]; pero para mi, son las cosas en las que puedo creer, pues puedo probar su existencia. No las entiendo, y no creo nunca entenderlas cabalmente. Pero sé que están ahí. Las pruebas me lo corroboran. No se necesita entender algo para saber que existe; pero si se necesita probarlo.

            La vida es solo una breve iato de tiempo en nuestro estado permanente de rocas para contemplar el universo antes de volvernos piedras nuevamente. Reconozco que la realidad me rebasa, que ignoro por completo lo que en verdad es; que mí vida es fugaz y efímera; que lo que llamamos totalidad, nuestra vida, no es nada para los estándares universales; que el universo es cosmos, pero también es caos. Todas estas son cosas que me asombran, pero también me asustan. A este interesante y profundo sentimiento, atrapado en algún rincón del camino entre la fascinación y el terror, lo llamo el misterio de las cosas.

            Para mí, ésta es la espiritualidad; y no necesita de dioses ni de otros entes metafísicos para ser sentida. Solo requiere de materia y de las ideas y los sentimientos que ésta puede generar. En otras palabras: La espiritualidad se basta con lo que somos.

martes, 27 de noviembre de 2012

Sobre los medios de comunicación y la insolubilidad de lo insoluble

Creo que resulta redundante decir esto, pero lo diré de cualquier forma: "Yo estoy escribiendo en mi blog, usted está leyéndolo". ¡Oh, redundancia! El punto es que estoy expresando mis ideas; también podría salir a hablar a la calle sin miedo a que se me lleve frente a un tribunal o  a que me metan al bote. Esto porque, cuando menos en México, los ciudadanos gozamos de libertad de expresión a pequeña escala. Por supuesto, mis ideas pueden contrastar con las de otros, podemos estar en desacuerdo e incluso puede darse el caso en que aquellas personas se enfaden con migo; pero eso es imposible de evitar y no es un problema que corresponda solucionar al derecho (¡dudo mucho que sea un problema solucionable!). Toda acción humana tiene consecuencias sociales y, querámoslo o no, todo lo que hacemos y decimos perjudica o beneficia a otros.

            Pero en esta entrada escribiré sobre la comunicación a gran escala, no sobre el chiste malo que es escribir en mi blog, sino sobre los grandes medios de comunicación. Ya saben, la radio, la televisión, la prensa y todas esas cosas que están repletas de anuncios. Y es que últimamente he escuchado muchas críticas hacia los medios de comunicación masiva que sin duda tienen su cachote de verdad, pero que, a mi parecer, cometen el error de simplificar demasiado el problema. Por ejemplo, es innegable que los medios han hecho de informar una actividad lucrativa, pero ¿Qué actividad no se ha hecho lucrativa en estos días? Si nuestra queja es en contra del poder hacer dinero actuando, entonces no va dirigida a los medios de comunicación, sino a todo el sistema económico actual. Trátense esas quejas en otro lugar.

Al tratar el problema de los medios de comunicación y su influencia en la democracia nos enfrentamos aquí a la contraposición entre derecho a la información y libertad de expresión. ¿Tienen los empleados de estos medios, libertad de expresión? Es un problema delicado, pero me siento capaz de comentar lo siguiente: El periodista es libre de expresarse tanto así como el maestro de preparatoria es libre de dormir hasta la hora que quiera; pero cuando ese maestro de preparatoria labora dentro de una escuela o ese periodista desarrolla sus funciones en una empresa, entonces tienen que adherirse a los lineamientos de esa institución, ya sean estos llegar a las 6:30 todas las mañanas o no hablar sobre ciertos temas. Ahora bien, ¿Debe la libertad de expresión del medio de comunicación limitarse en pro de nuestro derecho a la información? Esta es una pregunta complicada y la abordaré más adelante.

Por el momento, analicemos otra exigencia recurrente, que suele cantar: “Un medio de comunicación por cabeza”; y que se refiere a que cada sólo debe tener acceso a un medio de comunicación. Por ejemplo: sólo un canal para televisa, solo uno para Tv azteca. Ahora bien, esta idea suena bien sobre el papel –o lo haría si las cosas escritas en el papel sonaran-, pero sus consecuencias no son del todo positivas. En primer lugar, porque sin la maquinaria de gobierno dispuesta a hacer cumplir esta ley, al rato los prestanombres, las alianzas entre medios y demás artimañas la harán obsoleta. Nosotros, como consumidores del medio, podríamos vivir pensando que todos sus dueños son distintos y que simplemente coinciden en la manera de ver las cosas, sin saber que en realidad todos aquellos medios pertenecen, bajo el agua, a una sola cabeza. Y entonces nos preguntamos ¿Preferiríamos nadar en el agua transparente que nos permita ver a los cocodrilos en su interior o son mejores las turbias aguas bajo el letrero que nos dice “zona libre de lagartos”? En una hay cocodrilos, en la otra, incertidumbre y autoridad.

            Otro problema que no se suele tomar en cuenta al hacer este tipo de propuestas es el de los costos. Hacer periodismo sale caro; hay que pagar electricidad, maquinaria, impuestos, propaganda, transporte, salarios de técnicos, mercadólogos, reporteros, comentadores, operadores, directivos, secretarias, conserjes etc. Pero si informar no es barato, entonces ¿Cómo financiarlo? ¿Quién está dispuesto a hacerlo? y ¿Quiénes de aquellos dispuestos a financiar la información pueden hacerlo? Sí se recurre a la política de un medio por cabeza, entonces probablemente la mayoría de esos medios no tendrían suficientes ingresos para costearse un periodismo de calidad.

            Ante el inconveniente de que la buena información sale cara, el medio tiene cinco opciones –hasta dónde puedo ver-: 1) Puede decidir no informar e invertir su tiempo y su dinero en cosas más lucrativas; 2) Puede pactar con otros medios provistos de mayor capital para transmitir sus programas informativos (pero en este caso se estaría tirando por la borda el principio que da origen a la propuesta de “un medio por cabeza”); 3) Puede hacer de informar un buen negocio. El razonamiento es el siguiente “Yo, medio, poseo un canal de información por el cual puedo llegar a una enorme cantidad de personas ¿Quién está interesado en usar mi canal para transmitir su versión de los hechos al público?”; 4) Una cuarta opción para el medio es renunciar a tratar una agenda amplia y general y concentrarse solo en informar sobre las dos cosas que considere –por diversos motivos- importantes, y concentrar en ellas sus recursos; y 5) finalmente, y la opción más idealista, el medio puede optar por informar lo más objetivamente posible sobre los temas más importantes –supongamos que es claro cuales son estos temas y lo que es la objetividad- y esperar que la gente reconozca su calidad y lo prefiera por sobre la competencia. Pero es muy posible que esto último no de resultado, porque suponer que las personas podemos reconocer información objetiva y clara cuando se nos presenta y suponer, también, que la información objetiva y clara existe, es ya mucha suposición. Sí algo nos ha enseñado la ciencia es que es muy complicado reconocer las verdades con facilidad, y nunca con certeza.

            Además, si desean saber como sería la calidad de la información si hubiera una verdadera democracia informativa –en la que todos pudiéramos informar sobre los temas que quisiésemos-, observemos lo más cercano a eso que tenemos, el Internet. Cualquiera que haya navegado en sus aguas sabe que fuente de información objetiva, lo que se dice objetiva, no son. ¿Buscas testimonios que respalden una opinión rara, descabellada y sin sentido si quiera sintáctico? ¡No hay problema! Usa Google.

            Otra propuesta que comúnmente oigo mencionar consiste en crear un organismo autónomo que vigile y sancione la calidad de la labor informativa que realizan los medios. Para mí, un organismo como aquel resultaría sumamente peligroso. En primer lugar, porque es una herramienta de control político servida en bandeja de plata para el gobierno que quiera utilizarla. Pero además es una propuesta descabellada ¿A quién se le debe de dar el poder para decidir, y bajo que criterio, lo que es verdad de lo que no lo es?

            Retomemos la pregunta planteada anteriormente: ¿Derecho a la información o libertad de expresión? Como es una cuestión muy compleja y a mí me gusta inventar historias, he decidido que la abordaré metafóricamente: Aquel que desea que su comida sea traída en charola se arriesga a que esté envenenada. Claro, la vida que llevamos es ajetreada y pocos se pueden dar el tiempo de cosechar su ensalada y cazar su bistec [¡malditos bistecs salvajes tan difíciles de atrapar!], por lo que nos vemos en la necesidad de confiar por lo menos una parte de su preparación a otras personas, que laboran en el campo, en granjas, en los mercados o incluso en las cocinas. Entiendo que la confianza no implica dejar de exigir; si el pay que comí me hizo mal, entonces mañana conseguiré mi pay de limón en otro lugar. Pero ¿Qué pasa cuándo he probado todos los pays de limón en el mercado y todos me han sentado mal? Suponiendo que el problema no es que soy alérgico al limón o a la leche, solo tengo unas cuantas opciones: 1) O me hago mi propio pay; 2) o busco otras personas con mi mismo problema y nos organizamos para hacer pays de la calidad que buscamos; 3) o yo y las mismas personas entramos en contacto con el pastelero especificándole como nos gustaría que haga su pay y esperando que éste personaje atienda a nuestras demandas; 4) o dejo de consumir pays esperando que, tal vez, si un grupo lo suficientemente grande de personas dejamos de consumirlo, entonces algún emprendedor observador aproveche la coyuntura para lucrar vendiéndonos los pays que buscamos; 5) o, siempre está la opción de seguir consumiendo pays malos.

Cualquiera que sea la manera en que decidamos actuar tendrá sus consecuencias: Las dos primeras opciones exigen tiempo que podemos no tener disponible a menos que renunciemos a otras actividades que consideramos tan o menos importantes que comer pay; la segunda y la tercera necesitan que hayan personas que compartan mi molestia por los pays de la ciudad y que deseen participar en una causa común; la tercera opción exige menos tiempo que las dos primeras a cambio de una menor probabilidad de éxito; todo lo contrario con la cuarta, pues nos da tiempo –el que nos ahorraremos por no comer pays-, sin embargo, perjudica directamente nuestra amada fascinación por comer esos deliciosos prismas triangulares de dulce; finalmente, la última opción es la estoica por excelencia y se basa en el principio: “si del cielo caen limones, aguántese los ardores” [trademark mío].

Con esto no quiero decir que el sistema actual en el que se manejan los medios de comunicación sea perfecto, ni mucho menos estoy proponiendo que deba mantenerse así; lo que intento señalar aquí, y que he reiterado en numerosas ocasiones, es que los problemas no son fáciles de solucionar. El papel y la imaginación lo aguantan todo, la aplicación es el problema. Tampoco quiero decir que esté mal proponer soluciones. Lo que sí me parece un error es aceptar esas soluciones como reales, o –siendo más sensatos- probables, sin criticarlas severamente antes.

El entorno en el que vivimos es sumamente complejo y, aunque sin duda nuestras acciones lo alteran, no somos los dueños absolutos –y en muchos casos no somos dueños en lo absoluto- de la manera en que nuestras acciones impactan en la intrincada mezcla social de las causas y las consecuencias dentro del cual todas ellas están contextualizadas. En temáticas sociales no hay soluciones simples, ni absolutas, ni eternas. Así que cuando algún loquillo muy pomposo llegue con una sonrisa en la cara -¿en dónde más podría estar una sonrisa?- proponiéndonos soluciones a los problemas sociales, señalando relaciones explícitas de causa y consecuencia, y apuntando a culpables evidentes; tendremos más que buenos motivos para abrir nuestra caja amarilla y desenvainar nuestras preciadas herramientas de escepticismo. Cómo diría en numerosas ocasiones Jhon Green, presentador de Crash Course History: “estúpida realidad, siempre resistiéndose a la simplificación”[1] .

"Hablas de civilización, y de que no debe ser,
o de que no debe ser así.
Dices que todos sufren, o la mayoría de todos,
con las cosas humanas por estar tal como están.
Dices que si fueran diferente sufriríamos menos.
Dices que si fueran como tú quieres sería mejor.
Te escucho sin oír.
¿Para qué habría de querer oír?
Por oírte a ti nada sabría.
Si las cosas fuesen diferentes, serían diferentes: esto es todo.
Si las cosas fuesen como tú quieres, serían sólo como tú quieres.
¡Ay de ti y de todos los que pasan la vida
queriendo inventar la máquina de hacer felicidad!"
Fernando Pessoa "Hablas De Civilización, Y De Que No Debe Ser"




[1]  Apropósito de los pays de limón, una persona que aprecio mucho me invitó uno hace poco. Como casi todo lo que digo o escribo, no se a que viene al caso, pero quería comentarlo. Al igual que Nietzche, me gusta pintar mi felicidad en murales. 

domingo, 14 de octubre de 2012

Respuestas pequeñas a grandes preguntas

¿Qué había antes de que yo existiera? 
Me parece que todos los seres humanos nos hacemos esa pregunta al menos una vez en la vida, cuando pensamos en nuestro pasado. Al hacerlo, un escalofrío recorre nuestro cuerpo porque ella apela a nuestros sentimientos y emociones más profundos, ya que en su interior lleva oculta una cuestión fundamental ¿Quién soy? En efecto, la manera en que respondamos a esta pregunta tendrá una influencia determinante en la concepción que tengamos de nosotros mismos. En la identidad que nos atribuyamos. Además, -si recordamos las palabras de Sartre- “no hay ninguno de nuestros actos que al crear al hombre que queremos ser, no cree al mismo tiempo una imagen del hombre tal como consideramos que debe ser”. En ese caso, preguntarme por "quien soy" no es otra cosa que cuestionarme ¿Quiénes somos?


      Para responder a ésta difícil pregunta los seres humanos hemos ideado un gran número de actividades; las religiones, la ciencia y la filosofía son algunas de ellas. En efecto, todas las ciencias están dedicadas a la búsqueda del autoconocimiento y la identidad; parten del supuesto de que si entendemos nuestro entorno y nuestra sociedad, nos entenderemos a nosotros mismos. Una de ellas en especial, la que aquí nos interesa, está dedicada a la búsqueda del autoconocimiento por vía del pasado: la historia. Sin embargo, surgen dos preguntas fundamentales a esta disciplina ¿Qué es la historia? Y ¿Cómo podemos conocerla? 

      En realidad estos son temas complejos, resultaría muy pretencioso de mi parte pensar que puedo responder aquellas preguntas correctamente y exponerlas en una entrada tan breve. Por ese motivo mi propósito al escribir no es tanto responderlas, sino plantearlas. Mi deseo último es que el lector me cuestione a mí y a sí mismo y emprenda su propia búsqueda por respuestas; cuestionadora, inquisitiva. En fin, aquí presento respuestas pequeñas para preguntas muy, muy grandes. 

¿Qué es la Historia?

La palabra “historia” puede hacer referencia a varios conceptos, pero aquí trataré solo dos: 1) al pasado mismo; y 2) a la explicación de ese pasado y las actividades encaminadas para conocerlo. Ahora bien, en el segundo caso está claro que tratamos con la historia como investigación, como inquisición, como descubrimiento, como creación e incluso como la manera de comunicarla, es decir, la historia como ciencia. Por otro lado, sobre la historia como el pasado mismo resulta que ésta no existe, porque, por definición, ya pasó. Collinwood dijo: “[El pasado] nunca es un hecho dado que podamos aprehender empíricamente mediante la percepción”. Para no hacernos (más) bolas, seremos un poco prácticos aquí y asumiremos que ese pasado, cualquiera que haya sido, si existió. No obstante ¿Sé puede conocer algo que ya no existe?

¿Se puede conocer el pasado?

En primer lugar, esta pregunta es redundante porque, cómo explica Dilthey “resulta que no es posible experimentar lo presente como tal”. Esto se debe a que nuestra mente se toma tiempo en procesar el presente, por lo que solo somos consientes de él cuando ya pasó. Esto quiere decir que todo lo que es conocible forma parte del pasado, porque de él podemos tener conciencia. Y si todo lo conocible forma parte del pasado, entonces hallamos que la formulación correcta de esta pregunta es ¿Se puede conocer?

¿Se puede conocer?

Braudel escribió “solo se puede conocer el mundo si es explicable”. Pero hay un problema con esta afirmación, porque para saber que el mundo es explicable entonces debemos de explicarlo primero; por otro lado ¿Cómo sabríamos que el mundo no es explicable si no lo hemos explicado aún? Así, hallamos que la afirmación de Braudel es al mismo tiempo una tautología y una contradicción; y solo una cosa puede ser ambas al mismo tiempo: nada. No obstante, Braudel era un hombre muy listo –tal vez más listo que el Dr. Frink- y sospecho que lo que nos quería decir es que es imposible saber con certeza si la historia, y todo en general, es o no conocible. De esto se puede concluir algo alarmante, y es que si no podemos afirmar con absoluta seguridad que las cosas son o no conocibles, entonces a lo máximo que podemos aspirar es a conformarnos con asumir que, en efecto, lo son. Kant da una respuesta semejante a la misma pregunta: “[la] cuestión es meramente especulativa”.

¿Por qué asumir que las cosas son conocibles en vez de negarlo?

Kant explica que tenemos que asumir que las cosas son conocibles por el simple hecho de que esta actitud es la más útil. A este criterio se le conoce como pragmático. Con respecto a la historia, pueden haber, y de hecho las hay, distintas opiniones sobre su utilidad. Yo destaco tres: 1) Se puede decir que la historia es inservible y que, por lo tanto, no hay ni siquiera razón para responder a la pregunta que nos incumbe en este párrafo. La historia puede no ser conocible, pero eso no importa; 2) se podría argüir, como hacen los sofistas, que lo verdaderamente práctico es lograr los fines propuestos. La veracidad de nuestras afirmaciones no es un tema del cual haya que preocuparse, porque de ella nunca podremos tener certeza; 3) Finalmente, y esta es la razón que yo esgrimo, es posible afirmar que conocer el pasado es fundamental para nosotros y nuestra sociedad actual y, por lo tanto, habrá que presuponer que, en efecto, es conocible. Además, lo que afirmamos puede coincidir con lo que podemos experimentar. Cuando dije anteriormente que asumiríamos que el pasado existió estaba siguiendo este tipo de razonamiento.

¿Por qué es fundamental el conocimiento de la historia para nuestra sociedad, y para nosotros mismos?

Inicie ésta entrada comentando que miramos al pasado con la esperanza de encontrarnos a nosotros mismos en él y, al mismo tiempo, en el proceso por conocerlo. Lo investigamos porque estamos en búsqueda de identidad. Por lo tanto, la postura más lógica, para mí y los que compartan mi razonamiento, es asumir que en principio es posible acceder al conocimiento histórico –y de cualquier otro tipo -, porque de afirmar lo contrario nos encontraríamos ante una situación en la que sería imposible desarrollar una identidad. Imposible porque el universo es frío y sin sentido, y, admitámoslo, no hace más que recordarnos que somos nada. Sin identidad se pierde el sentido de la vida, el sentido de ser persona y de vivir en sociedad, y esto acarrea consecuencias desastrosas. 

       De esta posición también se deduce que tenemos que indagar nuestro pasado con honestidad, porque de lo contrario solo nos estaríamos engañando a nosotros mismos en la que es la más importante de nuestras creaciones: quienes somos. Por eso Huizinga decía que “Historia es la forma espiritual en que una cultura [y en nuestro caso también una persona] se rinde cuentas de su pasado”.

      La consecuencia de hacer del principio pragmático el fundamento de nuestra ciencia, y de cualquier conocimiento -porque toda investigación sobre la naturaleza, la moral y el pasado se hace en nombre del autoconocimiento- es que nuestra creencia en la posibilidad de conocer adquiere el carácter doctrinal. En palabras de Kant:


“Aunque nada podamos decir acerca de un objeto, aunque sea, por tanto, puramente teórico el tenerlo por verdad, podemos concebir e imaginar en muchos casos un proyecto para el que, de existir un medio que estableciera la certeza del asunto, creemos que tendríamos razón. […] y al tenerlo por verdad le cuadraré el nombre de creencia; la podemos llamar creencia doctrinal”. (Kant, 2006, p. 642).


¿En que sentido es posible afirmar cosas que concuerden con la experiencia?

Además de la anterior, hay otra razón práctica para creer que es posible conocer el mundo y su pasado: Es un hecho que podemos encontrar concordancia entre nuestras explicaciones sobre la realidad y la realidad que intentan explicar. Efectivamente, nadie puede negar –o, mejor dicho, no tengo conocimiento de que alguien lo haya hecho de manera convincente-, que los conocimientos de la física contemporánea no explican con bastante precisión más que otros medios no científicos la realidad que percibimos –independientemente de que la percibamos, o no, tal como es-. Esto se puede decir de nuestros conocimientos en campos científicos como en la biología evolutiva o la química. La historia, por supuesto, también encuentra un poderoso aliado en este argumento. Y es que muchas de las cosas que han averiguado los historiadores coinciden con las que podemos observar en las ruinas, leer en los documentos del pasado y experimentar en nuestras instituciones sociales, económicas, religiosas y políticas. 

      Entonces podemos concluir que la búsqueda del conocimiento –de la que la historia forma parte- es necesaria para crearnos una identidad como personas, dentro de un mundo y una sociedad. Además, esta búsqueda es práctica también, en cuanto nos permite explicar la realidad que percibimos, y de la cual formamos parte, y nos provee de herramientas para interactuar con ella. Pero ¿Cómo llevaremos a acabo esta búsqueda?


¿A través de que medio conoceremos la historia?

Collingwood nos responde: “[la historia] es una ciencia a la que compete estudiar acontecimientos inaccesibles a nuestra observación, y estudiarlos inferencialmente, abriéndonos paso hasta ellos a partir de algo accesible a nuestra observación y que el historiador llama ‘testimonio histórico’”. Aquí definiremos como testimonio histórico todo lo que haya formado parte del pasado, haya perdurado hasta nuestro presente y que haya sido encontrado por un investigador interesado en él.

       Claro está, no es posible para el historiador prestar atención a todos los testimonios históricos, porque si así hiciera, nunca terminaría su tarea. Por lo cual éste está obligado a seleccionar, de acuerdo a un criterio propio –pero honesto y basado en su experiencia histórica- aquellos fragmentos del pasado que considere importantes para su investigación, y luego tendrá que darles sentido por medio de la reflexión y, por supuesto, la imaginación. Pero ¿Qué ciencia no actúa así? Ahora cabe hacer otra pregunta ¿al hacer esto estamos conociendo la historia, o solo una versión de ella? 

¿Una o varias historias?

Está claro que cuando decimos que el pasado es lo que pasó nos estamos refiriendo a que, en efecto, es todo lo que pasó. El pasado es uno, y como tal, solo puede entenderse cabalmente si se le estudia en su totalidad. Lefebvre escribió “No olvidemos que la vida es una, que la historia debe de ser una, y que hay que considerar a cada instante, en lo que se refiere a cada cuestión, el encabalgamiento indefinido de las causas y las consecuencias”. 

      Entonces hay que conocer el pasado cómo totalidad. Sin embargo, nos enfrentamos a otro problema, está claro que no todo lo que formó el pasado ha llegado hasta el presente, y las cosas que han llegado han sufrido alteraciones en el proceso –porque de lo contrario el presente sería el pasado, y eso claramente no sucede-. Además, resulta que la realidad es sumamente compleja, y las múltiples realidades del pasado son, por lo menos, tan complejas cómo la realidad actual. 

¿Cómo es posible entender el pasado en su totalidad si la totalidad del pasado no ha llegado hasta el presente?

James Gleick, cuando hablaba de la teoría del caos, nos explicó:

“Las opciones son siempre las mismas. Puedes hacer tu modelo más complejo y más concorde a la realidad, o puedes hacerlo más simple y más fácil de manejar. Solo los científicos más ingenuos creen que el modelo perfecto es el que representa perfectamente a la realidad. Tal modelo tendría los mismos problemas que un mapa tan grande y detallado como la ciudad que describe”.

      Utilizando las palabras de Gleick para abordar nuestro problema, queda claro que una historia (cómo disciplina) que describiera la historia (cómo pasado) en su totalidad sería tan larga y compleja como la historia misma. A este problema hay que agregarle un segundo: muchas cosas del pasado se han perdido y nunca podremos obtener información de ellas. Como resultado de ambas, nos vemos obligados a estudiar la realidad histórica por partes, a subdividirla en distintas disciplinas, sabiendo que nunca la conoceremos en su totalidad.

¿En cuantas “historias” habrá que dividir la historia?

Las que sean necesarias para explicarla; y como la historia es infinitamente compleja, las divisiones que en ella se pueden hacer son también infinitas.



“Para mi la historia solo puede concebirse en n dimensiones […] Aun a riesgo de que se me atribuya un liberalismo impenitente, yo diría por el contrario que todas las puertas me parecen adecuadas para cruzar el umbral múltiple de la historia. Desgraciadamente, ninguno de nosotros puede conocer todas las puertas. El historiador abre en primer lugar al pasado la puerta que conoce mejor. Pero si aspira a ver tan lejos como sea posible, obligatoriamente llamará a otra puerta, y luego a otra…” (Braudel).


      Esta tarea es la que vuelve interminable la búsqueda de conocimiento, no solamente de tipo histórico, sino de cualquier tipo. La realidad se nos muestra como un inmenso fractal, como un objeto complejo compuesto de un número infinito de capas en donde cada capa es tan compleja y tan envuelta en el infinito como la capa que la antecedió. Una infinitud de capas que van desde lo más general hasta lo más particular. Cuando en la geometría se habla de fractales la escala de las figuras se vuelve irrelevante. Creo que lo mismo aplica en el caso de la historia, no existe tal cosa como un orden de importancia entre las historias generales y universales, y las particulares y locales. Cada historia es tan única y compleja como aquellas de las que forma parte y aquellas otras que la componen. Creo que lo que dice Gleick en el siguiente párrafo sobre la geometría, aplica de manera similar a la historia.


“Es difícil romper el habito de pensar sobre las cosas en términos de que tan grandes son y que tanto duran. Pero la propuesta de la geometría fractal es que, para algunos elementos de la naturaleza, buscar una escala característica se vuelve una distracción. Huracán. Por definición, es una tormenta de cierta escala. Pero la definición es impuesta por la gente a la naturaleza. En realidad, los científicos atmosféricos se están dando cuenta de que los tumultos de aire forman un continuo, desde el pequeño torbellino polvozo en la esquina de una ciudad, hasta los vastos sistemas ciclónicos visibles desde el espacio. Las categorías despistan. Los extremos de un continuo forman una sola pieza con los del centro”.


Entonces ¿Qué es eso que llaman historia y con que se come?

¿Qué es la historia? y ¿Cómo debemos investigarla? Esas son preguntas cuyas respuestas influyen fuertemente en la manera en que nos entendemos a nosotros mismos. Todos tenemos respuestas para ellas, aunque a veces no hayamos reflexionado sobre ello, pues pertenecemos a una sociedad y a grupos que buscan incesantemente una identidad propia en un universo en el que nada tiene un significado esencial. Todos hemos buscado respuestas en el pasado que nos ayuden a definirnos a nosotros mismos. 

      Al matar a dios, los filósofos del siglo XIX se dieron cuenta de algo terrible: la historia y la existencia no tienen ningún propósito por naturaleza. Entonces ¿Cómo podemos comprender la historia si ésta no sigue ningún plan ni ninguna lógica? Las respuestas fueron muchas, pero al final concluimos que, aunque no sea posible saber con certeza que lo que creemos conocer es en realidad lo que es, vale la pena –por motivos prácticos- intentarlo. Así, concluimos que la historia es una, pero que esta solo puede ser entendida a partir de su división en numerosas disciplinas. 

      Hemos dicho que la historia se puede conocer si se cumplen tres requisitos: 1) El primer requisito dará credibilidad a nuestra labor y será la honestidad para con nosotros mismos en nuestra tarea de investigación. Esta honestidad deberá hacer que nos cuestionemos cada una de nuestras suposiciones y demás cosas que damos por hecho. Recordemos que la historia es la manera en que buscaremos “rendir cuentas de nuestro pasado”. 2) También necesitaremos de un medio para probar que aquello que pensamos sobre el pasado es erróneo, para eso habrá que entrar en contacto con objetos que hayan formado parte de aquel pasado y que, de algún modo, hayamos podido encontrar en el presente. Estas serán, lo que Collingwood llama, nuestras pruebas históricas. 3) Por último, será necesario encontrar la manera de integrar todos nuestros conocimientos generales y particulares dentro de un todo coherente. Así conciliaremos el problema de la totalidad y la pluridimensionalidad de la vida. En palabras de Braudel “La vida es múltiple, también es única”.

      Una fue la pregunta que nos ha traído hasta aquí ¿Quiénes somos? En nuestro viaje hemos descubierto que lo más probable es que la realidad sea caótica, que la verdad no exista o que, si lo hace, nunca podamos conocerla. Sin embargo, si deseamos darle a este mundo un significado que nos permita disfrutar la vida y compartirla con las demás personas y, al mismo tiempo, coherente con lo que percibimos como realidad, es necesario que hagamos algunos sacrificios. Sacrificamos nuestra aspiración a una certeza absoluta y en su lugar nos quedamos con la duda; renunciamos a nuestros deseos de entender el mundo tal como es y en cambio nos conformamos con crear modelos que nos ayuden a entenderlo; negamos la posibilidad de entender el universo en su totalidad para esforzamos por conocer los detalles de la pequeña escala, pero también hicimos lo contrario; sacrificamos nuestra propia idea de divinidad y superioridad con el propósito de poder comprendernos como parte de la naturaleza y el caos, opción que se nos presenta como la más coherente con las pruebas. Hicimos todo eso guiados por nuestro afán de conocernos a nosotros mismos y valiéndonos de la honestidad para cuestionar cada una de las respuestas que damos por correctas. Así, hemos avanzado en nuestro autoconocimiento –al habernos desecho de nuestros viejos prejuicios- pero a la vez se nos ha estremecido la identidad: Descubrimos que bien podríamos no ser nada más que un subproducto momentáneo del caos y casualidades de una sociedad. En este sentido la historia crítica, la ciencia y la filosofía se nos muestran como nuestros más poderosos medios para descubrirnos e inventarnos a nosotros mismos. 

“La historia no es solo un relato, tampoco es sencillamente una colección de hechos excepcionales destinados a no reproducirse nunca. Está arraigada en la vida y en último extremo es, debe ser, la vida misma. Cuestiona la realidad social, no solamente en lo que esta tiene de fugitivo, sino en lo que tiene de permanente, de siempre vivo, de actual. Insisto. El verdadero objetivo de la historia quizá no sea el pasado –ese medio-, sino el conocimiento de los hombres, esa tarea colectiva que es el punto de encuentro de las ciencias sociales su punto de convergencia, también el nuestro. Solo explicaremos la historia explicando el mundo” (escribió Braudel).


Iniciamos nuestro viaje con una pregunta a la que, en el camino, hemos tratado de darle una respuesta. No obstante, en el proceso nos ha nacido la sospecha de que tal vez no son respuestas lo que buscamos, ni el motor que nos mueve hacia adelante, sino nuestro afán por encontrar nuevas preguntas. En palabras de Carl Sagan, “Le damos sentido a nuestro mundo por el coraje de nuestras preguntas y la profundidad de nuestras respuestas” .
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Lecturas que recomiendo:
-Braudel, Fernand, Las ambiciones de la historia, Editorial crítica, Barcelona, 2002.
-Collingwood, Robin, Idea de Historia, FCE, México, 2011.
-Dilthey, Wilhelm, El mundo histórico, PDF, N/A (Original 1910).
-Gleick, James, Caos. Making a New Science, Penguin Books, Ney York, 1988.
-Huizinga, Johan, El Concepto de la Historia, México, FCE, 1992, pp.87-97.
-Kant, Immanuel, Crítica a la Razón Pura, México, Taurus, 2010,
-Prost, Antonie, Doce Lecciones sobre Historia, Editorial Cátedra, España, 2001.
-Sagan, Carl, “Capítulo 7, El espinazo de la noche”, Cosmos, Un viaje personal, PBS, 1980.
-Sartre, Jean Paul, El existencialismo es un Humanismo, EMU, México, 2008.