¿Sabías qué
existe la discriminación en contra de los no religiosos? Sí, lo sé; es un dato
que tal vez desconcierte a muchos porque no estamos acostumbrados a hablar
sobre el tema. Pero por increíble que pueda parecer, el 49% de los
estadounidenses desaprobaría el matrimonio de alguno de sus hijos con una
persona que no cree en ningún dios (en contraste con el 11% que desaprobaría el
matrimonio de sus descendientes directos si fuese con alguien de otra “raza”)[1] y el 40% de los gringos no votaría por
una persona atea aun cuando estuviera perfectamente capacitada para ejercer el
cargo, mientras que el 38% no votaría por un musulmán[2]. Ahora bien, me hace feliz ver que la
desaprobación del matrimonio de personas con pieles de distintos colores ha
disminuido y ojalá la discriminación en contra de los musulmanes continúe a la
baja; pero es preocupante percatarse de los prejuicios negativos en contra de
las personas que negamos la existencia de algún dios o ser sobrenatural.
Decidí escribir esta entrada porque el combate a todo tipo de discriminación
debe empezar por señalar su existencia. El fenómeno no es nuevo, tiene raíces
muy profundas en la historia del mundo (no olvidemos que una de las razones por
las que la justicia ateniense condenó a la muerte a Sócrates fue la acusación –falsa-
de que el filósofo negaba la existencia de los dioses) y en los últimos años ha
habido una toma de conciencia al respecto, lo suficientemente amplia como para
que hoy exista una entrada específica sobre ello en la Wikipedia[3]; pero aún falta mucho por hacer. Mi
objetivo pues es explicar a todas las personas interesadas, en especial si son
religiosas, en qué cosas creen los no religiosos, no deseo entonces aquí convencer
a nadie sobre ningún tema de materia religiosa; solo aclarar que la
discriminación contra nosotros, los no religiosos, es un hecho que hay que
combatir.
Fuente: International Humanist Ethical Union http://freethoughtreport.com/download-the-report/ |
Generalmente se usa la palabra “ateo” para referirse a las personas que no
creen en ningún dios. La palabra en sí es antigua y en realidad se usó durante
mucho tiempo como un insulto para referirse a las personas que no compartían la
religión del que insultaba. Así, por ejemplo, encontramos en el siglo XVI a
obispos católicos llamando ateos a personajes claramente religiosos como Lutero
o Calvino. No obstante a partir de la Reforma protestante el significado de
la palabra “ateo” empezó a mutar estrepitosamente.
En el siglo XVII se dio el primer gran auge de movimientos seculares
heterodoxos en Europa, aunque por supuesto sus voceros sufrieron distintos
grados de persecución. Por ejemplo, al filósofo Baruch Espinoza (1632-1677),
que nació en el seno de una familia judía, lo intentó sobornar su comunidad
para que ocultase sus dudas religiosas; cuando él se negó a mentir, lo
intentaron asesinar; cuando falló el intento por asesinarle, Spinoza decidió
huir de su ciudad natal y dedicarse a reparar lentes y escribir libros de
filosofía. Spinoza no fue lo que llamaríamos hoy en día un ateo, pero sostenía
que Dios no era otra cosa sino La Naturaleza. Tal dios no era un ser al que
valiera la pena rezarle, pero él entendía que todo en la existencia, incluida
nuestra propia vida, era parte integral del todo natural y concluía que el todo
y la naturaleza eran una misma cosa. Durante más de doscientos años muchos
cristianos usaron los vocablos “spinozista” y “ateo” como sinónimos.
La heterodoxia fue ganando adeptos con el tiempo y en el siglo XVIII surgió
un grupo de pensadores que, inspirados en los éxitos recientes de la física
newtoniana, creían que el universo funcionaba como si se tratase de una enorme
máquina. Una máquina, creían estas personas, necesitaba un creador. Pero ese
creador debería de ser lo suficientemente sabio e inteligente como para poder
construir un mecanismo que nunca necesitara afinación, ni reparación, ni ningún
otro tipo de intervención. Estas personas se reconocieron a sí mismas como
“deístas” porque creían que existía un ser superior que había planeado y creado
el universo, pero consideraban que tal ser no intervenía nunca en los asuntos
del mundo. El dios de los deístas se convirtió pues en un ser a quien no tenía
sentido rezar, ni adorar y solamente se le podría conocer estudiando las
ciencias. Para ellos, ni la Biblia, ni los sacerdotes tenían nada que decir
sobre aquel mecánico universal. A este grupo de personas pertenecieron los
enciclopedistas franceses dentro de los cuales destacó por su popularidad
Voltaire. Los deístas pues no niegan la existencia de un ser sobrenatural, pero
tampoco ven mucho caso en la existencia de religiones.
Hoy en día se reconoce como ateos a las personas que ven muy poco probable, o
que niegan por completo, la existencia de algún dios, diosa o conjunto de
creaturas sobrenaturales. Esta manera de pensar cobró auge en los grupos
escépticos y positivistas del siglo XIX. De hecho, fue a principios de tal
siglo cuando Napoleón Bonaparte preguntó al físico Pierre-Simon Laplace por qué
no había incluido al dios cristiano en su sistema del mundo. Laplace le
contestó muy claramente “porque no he necesitado de tal hipótesis”. Una
anécdota que ha quedado grabada en los registros de la historia.
El vocablo “ateo” pues ha estado históricamente cargado de un sentido negativo.
Por eso no sorprende que hoy en día muchas personas que no creen en ningún dios
o dioses prefieran autodenominarse agnósticas, humanistas seculares o
librepensadoras. Sea como sea que decidamos llamarles, todas estas personas son
gente no religiosa; pero es necesario saber que no todos los no religiosos son
ateos. En efecto, muchos no religiosos pueden ser deístas, místicos o
practicantes de las creencias del New Age, quienes en muchos sentidos son los
modernos panteístas.
Lo que distingue a los agnósticos, humanistas, seculares o
librepensadores (en adelante sólo ateos) de aquellas otras personas no
religiosas es que nosotros no sólo negamos la existencia de cualquier tipo de
dioses o diosas sino que también negamos que exista cualquier otro tipo de
seres no-materiales y energías místicas. De cualquier manera, compartimos su
falta de religión. Una encuesta del 2014 reveló que el 13% de la población
mundial se considera a sí misma atea y el 23% no religiosa pero mística. Lo que
quiere decir que los no religiosos representamos un 36% de la población
mundial, aproximadamente, y nuestros números van en aumento[4].
Ahora bien, muchos religiosos piensan que los ateos negamos solamente al dios
que ellos personalmente adoran. Esta es por lo demás una visión errada, puesto
que los ateos no negamos solamente la existencia del dios cristiano, sino
también la del dios musulmán, la de los dioses griegos, la de los dioses mayas,
la de los dioses purépechas, la de los dioses egipcios, etc. De hecho en este
sentido no hay mucha diferencia entre un ateo y un cristiano, ambos niegan la
existencia de la gran mayoría de los dioses en que han creído las sociedades
humanas, el ateo solamente está un paso más allá. Los ateos suponen que los
religiosos creen en ciertos dioses y no en otros porque es lo que han aprendido
en la cultura donde crecieron.
La situación es un tanto distinta cuando se discute sobre la existencia del
dios mecánico y no personal de los deístas como Voltaire ¿Podemos negar con
absoluta seguridad que no existió un mecánico que diseñó el universo? El deísta
suele argumentar que una cosa tan complicada como un universo no pudo haber salido
de la nada y que tampoco pudo haber existido eternamente, por lo que es
necesario que alguien lo diseñe. El ateo entiende la preocupación del deísta,
pero le explica que al invocar a un ser complejo para explicar la existencia de
un ente complejo como el universo no ha respondido verdaderamente la pregunta,
puesto que ahora tendrá que explicar de dónde rayos salió el mecánico en primer
lugar. Si salió de la nada ¿Entonces por qué no podemos decir que el universo salió de la nada? Si siempre ha existido ¿Entonces porque no podemos decir
que el universo siempre ha existido, yendo y viniendo en distintos ciclos
cósmicos? Así podemos clasificar a los deístas y ateos en una tabla según la
seguridad de sus convicciones[5]; yo personalmente caigo entre la
categoría 4 y 5.
La enorme mayoría de los ateos estamos a favor de la libertad religiosa,
por lo que no estamos en contra de que las demás personas practiquen las
religiones que quieran. Pero nos interesa luchar por mantener un estado laico
pues no deseamos que los grupos religiosos impongan al resto de la sociedad sus
ideas sobre cómo debe de ser la familia, por ejemplo, o que eviten la enseñanza
en las escuelas seculares de hechos científicos bien demostradas como la
evolución. En este sentido creemos que la discusión de las ideas religiosas por
medio del diálogo es un elemento importante de cualquier democracia moderna.
Aunque las estadísticas que se presentan al principio de este capítulo
versan sobre Estados Unidos[6], no quiero dar a entender que en México a
los ateos nos va de maravilla. Es cierto que la constitución de nuestro país
reconoce la libertad religiosa y que ha firmado numerosos tratados que lo
comprometen a respetar y a hacer respetar los Derechos Humanos. Esto es
un alivio puesto que el artículo 18 de tal declaración establece la libertad
religiosa y de pensamiento, y el comentario a tal artículo sostiene que
“protege las creencias teístas, no teístas y ateas, así como el derecho a no
profesar ninguna religión”.
Con esto quiero explicar que el problema no está en las leyes, sino en
el comportamiento de la mayoría de los mexicanos hacia los no creyentes. Una
vez acompañé a mi abuela a una misa católica y el padre dijo que los ateos no
eran seres humanos ¿Cómo se supone que deba yo reaccionar a eso? Me quedé
callado, hoy creo que por lo menos debí haberme salido de allí. En muchas
situaciones sociales es incómodo decirle a la gente que uno no comparte las
creencias religiosas de la mayoría y en otras este hecho puede afectar la
carrera de uno. Un amigo muy cercano me comentaba que tenía miedo de publicar
un artículo del filósofo Peter Singer sobre la moral secular en su Facebook por
miedo a que fuera a ocasionarle conflictos con sus jefes. Esto no tendría que
ser así, él es una persona muy honesta, recta y trabajadora. Pese a ello
nuestra situación no es tan mala como la de otros, al menos los dos somos
personas que vivimos en comunidades grandes y relativamente abiertas.
No puedo ni imaginar el estrés que un no creyente debe de tener al vivir
en un pueblo o una comunidad cerrada en donde la iglesia es el centro de la
actividad social. Si en Chiapas hay comunidades de protestantes y católicos que
se matan por tener creencias religiosas apenas distintas, los escépticos de
aquellas poblaciones posiblemente prefieran cerrar la boca o huir. Varios
estudios han demostrado que las personas ateas son más felices cuando pueden
dejar de ocultar sus verdaderas creencias[7].
Un ejemplo de discriminación contra una chica atea en Ecuador
Una de las principales causas de esta discriminación es que la mayoría
de la gente religiosa simplemente asume que uno tiene que ser una persona mala
por el simple y sencillo hecho de que no cree que algún ser sobrenatural creó el universo. Esto es un completo error. Los ateos somos librepensadores y es
cierto que no tenemos que creer en algún conjunto de normas morales en
específico, pero la mayoría de nosotros creemos en algún tipo de moral laica.
No entraré aquí en la descripción de todos los sistemas morales laicos, pero
puedo presentarles una serie de personajes ateos y moralmente rectos para que
los googleén si tienen interés. Ah, y una cosa más, aseverar que los ateos
buenos mienten y en realidad si creen en dios es otra forma de discriminación.
No creemos en dios y somos buenos. Pese a quien le pese.
Regresando a los sistemas morales, rápidamente me vienen a la mente los
utilitaristas cuyo precepto máximo es lograr la mayor cantidad de felicidad
para la mayor cantidad de personas; uno de los más reconocidos fue el británico
John Stuart Mill, pero el utilitarista vivo más famoso es precisamente Peter
Singer. También sería difícil sostener que otro filósofo ateo como Karl Marx no tuvo un sistema ético, todo lo contrario el problema de él y de varios de sus
seguidores fue que defendieron su moralidad de una manera casi fanática. En el
siglo XX nos topamos con grandes promotores de la Paz y ateos como Bertrand Russell o Jean
Paul Sartre, filósofos estoicos ateos como Massimo Pigliucci o algunos otros
personajes con sistemas morales un poco más eclécticos pero igualmente laicos
como los de Richard Dawkins, Carl Sagan, Stephen Jay Gould o mujeres como Julia
Galef y Daisy Grewal. Es muy cierto que todas estas personas han propuestos
sistemas de creencias basados en principios distintos, pero en muchos sentidos
se solapan unos y otros. De cualquier manera, sería imposible negar el hecho de
que todos ellos se han preocupado por los demás seres humanos, y se han
esforzado por hacer que el mundo que dejen el día que mueran sea un lugar mejor
que aquel que los recibió cuando nacieron.
[1]
Political polarization in the american public. http://www.people-press.org/2014/06/12/section-3-political-polarization-and-personal-life/
[2] Six in
10 Americans would say yes to a Muslim president. http://www.gallup.com/opinion/polling-matters/185813/six-americans-say-yes-muslim-president.aspx
[3] Discriminación contra los ateos
https://es.wikipedia.org/wiki/Discriminaci%C3%B3n_contra_los_ateos#Am.C3.A9rica_Latina
[4] Freedom
Report, 2014. A Global Report on the Rights, Legal Status and Discrimination
Against Humanist, Atheist and the Non-religious https://drive.google.com/file/d/0B3gXFZt5sXX1aDJLblBMbjBxd0E/view
[6] In God
we Must http://www.slate.com/articles/life/ft/2012/02/atheism_in_america_why_won_t_the_u_s_accept_its_atheists_.html
[7] On the Receiving End: Discrimination toward
the Non-Religious in the United States
http://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/13537903.2012.642741
¡¡¡Muy interesantes reflexiones!!! Yo matizaría un poco la afirmación de que los ateos somos buenos. Propondría mejor pensar que los ateos, al igual que los religiosos, podemos ser congruentes con respecto a los principios morales que hemos elegido, tal como lo señalas en los ejemplos de Stuart Mill, Sartre o Piggliuci… Sin embargo, ser congruente es el primer gran esfuerzo pero ser crítico es el segundo. Debemos considerar que la bondad o la maldad no son propiedades intrínsecas o dadas en las cosas, acciones o personas sino que dependen de lo que nosotros pensemos como mejor para el mundo, pero en tanto humanos nuestros deseos pueden ser sesgados o mal informados.
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